Dos árboles y una familia de ardillas
Sergio Augusto Vistrain.
Enero de 1998.

Érase una vez un bosque lleno de árboles, arbustos y flores de todos tamaños, formas y colores, enclavado en un área de clima tropical, donde muchos animales, desde que nacían, y hasta que morían, vivían gozando de la abundancia de alimento con que el bosque los convidaba.

En medio del bosque corría un río cuyo caudal era tan fuerte, que no era raro ver cómo arrastraba toda clase de plantas y animales, sin la menor compasión ni misericordia, hasta abandonarlos, totalmente destrozados, muy lejos de donde los recogía.
 
 

Una familia de ardillas que no tenía hogar, decidió ocupar dos de los más hermosos árboles de ese bosque. Eran los más frescos y frondosos, pues habían nacido justo a la orilla del río, lo cual les permitía nutrirse a placer, tanto de la tierra, como del agua que bañaba la parte superior de sus raíces, y las mantenía eternamente frescas, a pesar del irreverente calor que azotaba la región.

Ambos árboles, crecieron junto con varias generaciones de esa familia de esponjados y traviesos petigrises que los habitaban. En uno de ellos, el que se encontraba río arriba, por alguna razón se habían concentrado las ardillas más irresponsables e insensatas de la familia, mientras que en el otro, y por la misma extraña razón, parecían haberse aglomerado las más cuidadosas, esmeradas y trabajadoras; las más responsables y solidarias.

Todos saben que los árboles no pueden ver, pues no tienen ojos, pero aunque tampoco tienen oídos, son capaces de escucharnos, si les hablamos. Y también son capaces de sentirnos, si nos aproximamos a ellos y los tocamos con cariño. Cuando así lo hacemos, notamos claramente que su follaje es más abundante y frondoso, sus flores más bellas y aromáticas y sus frutos más dulces y jugosos. Y cuando reciben huéspedes en sus troncos y en sus ramas, los acogen y les dan cobijo, seguridad y alimento.

Eso mismo hicieron los dos árboles que protagonizan esta historia. Alojaron a la familia de ardillas, les brindaron alimento y las protegieron de las inclemencias del tiempo; el viento, la lluvia y el ardiente sol del trópico.

Con el tiempo, el árbol que se encontraba río abajo, el de las ardillas amistosas, continuó su desarrollo y se convirtió en la envidia de toda la comarca. Era el más grande, el más frondoso y el más pródigo de todos, y el más generoso también. Sus afanosas pobladoras, no sólo se servían de él, sino que también se esforzaban por tenerlo en forma. Lo limpiaban, lo abonaban, y aún  cuando sabían que al árbol le resultaba aguda y profundamente doloroso, también lo podaban. Le mondaban las ramas que le crecían del lado del río, como si se opusieran a la natural tendencia que tiene todas las plantas a buscar la humedad. Pero ellas sabían por qué lo hacían.

En cambio, las ardillas del otro árbol, del que se encontraba río arriba, se limitaban a disfrutar de la hospitalidad de éste, sin darle nada a cambio; sin cuidarlo, sin limpiarlo. Y, como intuían que a todos los seres vivos les duele que los mutilen, nunca lo podaban. Por el contrario, dejaban que se desarrollara y se extendiera a su libre albedrío. Así, con el paso de los años, una de sus ramas, la más grande y exuberante, creció, creció y creció, extendiéndose sin límite sobre el cauce del río, como si quisiera acompañarlo hasta encontrarse con el mar. Ambos, anfitrión y huéspedes, disfrutaban con plenitud de la fresca brisa de las aguas que incesantemente corrían debajo. Era el lugar preferido por esas ardillas. Pasaban ahí la mayor parte del día y de la noche. Era un lugar paradisíaco; apacible y plácido, casi celestial.

Cierta tarde, al principio del verano, cayó sobre aquel bosque una lluvia torrencial que mojó a todos los animales y plantas que allí vivían, e hizo crecer el cauce pluvial con tal magnitud, que alcanzó la idílica rama y tiró de ella con tal fuerza, que sin la menor misericordia arrastró al árbol entero, cual despreciable baratija, junto con todos sus moradores.

Haber cortado al árbol esa rama, cuando era apenas una vara, desde luego que le habría dolido, pero seguramente que el final de esta historia no habría sido tan desdichado.
 

Moraleja: Si tu mejor amigo desvía su camino,
y no quieres abandonarlo,
no te importe si el contrariarlo,
sirve para que enderece su destino.


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